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Nadie duda de la abismal diferencia entre la complejidad de un ser humano y la que posee cualquier célula. Esta sima se abre aun más si la célula se encuentra entre las más sencillas que se conocen. Ni más ni menos que el micoplasma causante de la neumonía atípica, una especie de bacteria sin pared que le conceda rigidez estructural. A pesar de su simplicidad el micoplasma interesa mucho a los científicos, porque puede permitir despejar la incógnita en cuanto a qué es lo mínimo requerido para constituir a un ser vivo independiente. Por otra parte, en un contexto evolucionista, esta mínima vida podría dar pistas en cuanto a cómo serían las primeras células; origen del resto de seres vivos.
Todo esto ha llevado a que un numeroso grupo de científicos hayan dedicado un considerable esfuerzo a desentrañar buena parte de los mecanismos genéticos, moleculares y del metabolismo que subyacen en el funcionamiento del Mycoplasma pneumoniae. Sus conclusiones han sido recientemente publicadas por la prestigiosa revista Science.
Esta sencilla célula, con capacidad autorreplicativa independiente, posee un pequeño genoma que no llega al millón de nucleótidos de longitud, frente a los aproximadamente 5000 millones que se reparten entre los cromosomas humanos. Este pequeño genoma codifica para 689 proteínas diferentes con las que se construyen unas 200 máquinas moleculares. Su metabolismo está constituido por 189 reacciones, catalizadas por 129 enzimas (que son proteínas) y sus requerimientos moleculares se reducen a 19 nutrientes esenciales. Esta sencilla bacteria pertenece como todas ellas al grupo de organización celular denominada procariótica. Estas células carecen de un núcleo diferenciado que contenga el genoma, algo que si ocurre con el otro tipo de células, más complejas, las eucarióticas. A pesar de su sencillez, ha sorprendido la complejidad del conjunto de ARN transcritos (transcriptoma), los portadores de la información que lleva el ADN. Tampoco era de esperar que la capacidad de adaptación metabólica a diferentes medios resulte equivalente a la de otras procariotas más complejas. Esto supone que debe poseer mecanismos de regulación genética que son desconocidos. Ha llamado la atención que la regulación basada en factores de transcripción, que intervienen para regular el paso de información del ADN al ARN, no se produzca en el micoplasma, porque no posee esos factores. Con estos antecedentes, la regulación de la transcripción de la información genética puede ser más próxima a la existente en la más compleja célula eucariótica de lo que se pensaba. De nuevo, los esquemas y extrapolaciones han quedado rotos por la realidad. Darwin propuso su teoría evolutiva en el contexto de un conocimiento muy rudimentario de la estructura celular. Darwin y sus coetáneos veían a la célula como una bolsita microscópica que contenía un líquido gelatinoso compuesto de agua y un puñado de moléculas mal comprendidas, como la 'albúmina'. Estructuralmente, el microscopio había descubierto por aquel entonces poco más que el núcleo celular. Con este conocimiento de la célula y de la vida, la evolución podía parecer algo sencillo. Pero desde aquel siglo XIX, la ciencia ha ido revelando una creciente complejidad de la que desconocemos el límite y sus dimensiones. Los diferentes experimentos realizados con el objetivo de saber cómo se originó la vida a partir de sustancias inorgánicas nos llevan de un escenario a otro, sin que por el momento se haya dado con una respuesta coherente. Mycobacterium pneumoniae, una de las células más sencillas, plantea muchos problemas a esa visión evolutiva del origen de la vida. Su sorprendente complejidad relativa marca distancias entre las moléculas inorgánicas y la vida. Seguro que Darwin no podía imaginar lo compleja que es realmente la vida. Quizá la ciencia del siglo XXI, tampoco. Bibliografía Kühner, S. y otros. (2009). “Proteome Organization in a Genome-Reduced Bacterium”. Science. Vol. 326: 1235-1240. Yus, E. y otros. (2009). “Impact of Genome Reduction on Bacterial Metabolism and Its Regulation”. Science. Vol. 326: 1263-1268. Güell, M. y otros. (2009). “Transcriptome Complexity in a Genome-Reduced Bacterium”. Science. Vol. 326: 1268-1271.
Texto: Celedonio García-Pozuelo Ramos. (Presidente de Naturalia-Ailarután)
Foto: célula eucariótica animal en la que se aprecian núcleo y nucleolo. |